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Vemos la realidad a través del filtro de las creencias alojadas en los programas mentales del inconsciente y eso determina nuestra actitud, que es la disposición a actuar de determinada manera ante ciertas situaciones.

 

Como si se tratara de un circuito cerrado, nuestro inconsciente filtra la información de la realidad y registra la que coincide con sus programas mentales.

 

Ante los estímulos externos, nuestros sistemas de valores y creencias producen pensamientos automáticos que se traducen en actitudes, las actitudes generan emociones y actuamos en consecuencia.

 

En definitiva, nos comportamos de acuerdo con las creencias que ya tenemos en nuestros programas mentales y con el resultado de nuestras acciones no hacemos más que reforzar aquellas creencias.

 

Por ejemplo, si tu pensamiento automático es 'no voy a lograr tener mi propio negocio', tu actitud será negativa y se manifestará en un comportamiento acorde a ese sentimiento (no vas a encontrar los recursos ni el tiempo necesarios ni vas a hacer el esfuerzo que demanda la tarea).

 

El fracaso no hará más que confirmar que tus creencias eran correctas, que efectivamente no podías lograr tener tu propio negocio, en una suerte de profecía autocumplida.

 

Una manera de evaluar tus chances de cumplir tu propósito es hacer el cálculo que explicamos en el texto 'Medí tu eficiencia con la Fórmula de Meta'. En ese cálculo se ve de manera clara la importancia que tiene la actitud, junto con el foco de atención, para debilitar o potenciar tus capacidades y tus habilidades. Una actitud inadecuada o negativa puede hacer que tu proyecto fracase y que esa experiencia refuerce la creencia negativa original.

 

Que las actitudes sean respuestas automáticas y que te definan en un determinado momento no significa que no puedan controlarse: la actitud no es algo inmutable, sino que puede modificarse mediante el entrenamiento y con refuerzos positivos basados en la experiencia. Y ese cambio puede ser inmediato si se aplica el foco de atención. De hecho, las actitudes pueden elegirse voluntariamente. Sos vos quien decide qué hacer ante una situación, cómo afrontarla, si vas a dejar que los sentimientos dominen tu comportamiento.

 

Si se tuvieran en cuenta los matices y las combinaciones entre ellas, la lista de las actitudes negativas podría ser inabarcable. Sin embargo, hay cinco actitudes que son las más comunes entre las que asumimos en función de los pensamientos automáticos negativos y que pueden conspirar para que no alcancemos las metas:

 

ACTITUD PESIMISTA: genera una visión oscura de la realidad. La actitud pesimista exagera los aspectos negativos de una situación y les da poco valor a los positivos o, directamente, no los registra. En algunos casos, esa negatividad se manifiesta en indiferencia, en una falta de compromiso que hace que las cosas sigan igual o, incluso, empeoren. Pero lo más habitual es que el pesimismo vaya acompañado de la queja. El pesimista se queja de lo que ocurre, pero no emprende ninguna acción para cambiar las cosas. El quejoso es un militante de la negatividad y su actitud podría ser contagiosa para quienes lo rodean.

 

ACTITUD REACTIVA: una persona reactiva tiene más dificultades para afrontar problemas imprevistos porque no actúa de forma autónoma, no tiene la capacidad de anticiparse o de decidir.

 

Quienes manifiestan una actitud reactiva necesitan que alguien los guíe, nunca dan el primer paso y son resignados. Se acomodan en su zona de confort a lamentarse porque nunca les pasa algo bueno.

 

Se sienten víctimas y necesitan un salvador porque no harán nada por sí mismos para cambiar su situación. 

 

ACTITUD INTERESADA: solo persigue el logro de objetivos individuales, sin tener en cuenta las necesidades de los otros. Se involucra en un proyecto colectivo si su ganancia está garantizada, especialmente si es superior a la del resto. Promueve la actitud manipuladora.

 

ACTITUD AGRESIVA: se adopta para defender los derechos propios, sin tener en consideración los derechos de los demás. Es demandante.

 

ACTITUD MANIPULADORA: implica el uso de los demás, de forma voluntaria y consciente, para lograr objetivos individuales. La persona ve a los semejantes como un medio para alcanzar las metas. No empatiza, solo busca la forma de que los demás trabajen para ella.

 

Como contrapartida, están las actitudes positivas, que son las que colaboran en tus objetivos, te dan autoconfianza y te permiten relacionarte mejor con tu entorno, porque son las que permiten el intercambio de ideas y el trabajo colaborativo. En este tipo de actitudes la inteligencia interpersonal juega un papel fundamental.

 

ACTITUD ASERTIVA: consiste en defender las opiniones y derechos propios con convicción, pero sin vulnerar los del resto. No es una actitud intransigente porque respeta las posiciones ajenas y da espacio para negociar.

 

ACTITUD PROACTIVA: no espera que otros decidan o actúen para resolver los problemas. La persona proactiva es autónoma y plantea opciones para mejorar las situaciones y solucionar los conflictos. La actitud proactiva corresponde a personas creativas y persistentes en la realización de sus propósitos.

 

ACTITUD COLABORADORA O INTEGRADORA: es de gran utilidad en las tareas cooperativas, porque promueve la interacción con los demás para que todos puedan lograr sus objetivos y alcanzar sus metas. Está enfocada tanto en las metas compartidas como en las individuales. En el caso de las individuales, la persona con actitud colaboradora/integradora busca cumplir su propósito y comparte sus conocimientos para que otros también lo hagan.

 

A medida que avances hacia tu propósito, vas a encontrarte con dificultades. Para algunas de ellas vas a estar preparado gracias a la planificación. Para otras, que pueden ser imprevistas, tu actitud será clave. Una actitud positiva es una herramienta de poder ante el desgano o cuando se enfrenta un obstáculo externo que es necesario superar. No permitas que los pensamientos automáticos negativos se trasladen a tus actitudes.

 

Para conseguir las metas que te proponés, trabajá con actitud positiva.

 

Las actitudes son personales y son voluntarias. Si bien los pensamientos automáticos influyen en ellas, podés elegir qué actitud adoptás ante las situaciones que se te presentan a diario.

 

Independiente de las circunstancias que hayas vivido en la infancia, las experiencias, de lo que te hayan enseñado o de las circunstancias actuales, la actitud que asumís es una decisión del presente, un modo de estar en la vida, de pensar y de actuar.

 

Una vez que expreses tu deseo y que lo conviertas en tu foco de atención, atribuile una actitud positiva. Proponete voluntariamente adoptar esa actitud ante cada situación de tu vida relacionada con ese foco de atención.

 

Podés generar una actitud positiva cuando creés en vos mismo, sentís que merecés triunfar y confiás en que vas a poder cumplir el propósito que te planteaste. Trabajá para conseguir lo que querés sin desperdiciar las energías, el tiempo o los recursos. Cuando te focalizás en algo, optimizás tu poder. Entonces, sos imparable.