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Al igual que la programación activa, la pasiva cumple un rol fundamental en modificar la información en los programas del inconsciente, porque pone la función de neuroplasticidad cerebral a trabajar al servicio de tu propósito.

Que el término 'pasiva' no te confunda: esta programación no es menos importante que la activa. Lo que hace la programación pasiva es entrenarte para que lleves tu consciencia hacia dentro de vos mismo a través de la observación y de la gestión del diálogo interior.

Para esas dos actividades, se necesita desarrollar la inteligencia intrapersonal, que es una de las ocho inteligencias múltiples sobre las que hablamos en el texto 'Los tipos de inteligencia que tenés'.

Se considera que, en promedio, pasamos diez horas al día hablando con nosotros mismos, otras ocho horas dormimos y durante las seis restantes conversamos con otras personas. Esas diez horas de diálogo interior pueden llegar a incluir, casi en su totalidad, informaciones negativas sobre uno mismo o los demás.

Durante todo el día, por lo tanto, te hacés preguntas y las respondés mentalmente. Tu inconsciente se manifiesta a través de pensamientos automáticos basados en las creencias arraigadas que te dicen qué sos, qué podés ser y cómo es el mundo que te rodea. Esos pensamientos no son necesariamente ciertos. De hecho, la mayor parte están basados en información parcial o en falsas creencias. Cuando esos pensamientos se convierten en un diálogo interior negativo, pueden llevarte a boicotear tus propósitos. Para triunfar en algo nuevo, vas a tener que que cambiar el programa que te impide hacerlo.

La herramienta de la Programación Pasiva para lograrlo es la autoobservación: debés prestar atención a cualquier pensamiento negativo que aparezca en tu mente y que se relacione con el rol que querés modificar para alcanzar la meta. Una vez que lo hayas detectado, escribilo en un papel tal cual apareció en tu mente. Luego, reescribilo, pero con sentido positivo y en presente. Si tu pensamiento negativo fuera: 'Nunca voy a ser un profesional contable con un cargo jerárquico porque hace años que solo soy un asistente', tu pensamiento positivo, en presente, sería: 'Soy un profesional contable con un cargo jerárquico y sé bien cómo hacer mi tarea porque además fui un muy buen asistente por años'.

Después, sumá ese pensamiento positivo a la lista de los pensamientos dominantes que habías elaborado cuando transformaste el foco de atención en un propósito (el ejercicio está en el artículo 'Paso 2: visualizá tu propósito')

Para avanzar del punto de partida -tu deseo- hasta la meta, es fundamental que cambies la negatividad y las dudas por la seguridad y la convicción. Todos tenemos a diario unos 60 mil pensamientos que forman el diálogo interior y que nos provocan distintas emociones. Si los pensamientos son negativos, las emociones, también lo serán. Un diálogo interno cargado de pensamientos y afirmaciones negativas genera ansiedad y nerviosismo, conspira contra nuestra eficiencia y puede ser el detonante de depresiones y ataques de pánico en aquellas personas que tienen predisposición a padecerlos.

'No voy a poder', 'No tiene sentido que presente mi proyecto porque seguro que los demás van a hacerlo mejor', 'Me va a ir mal'. ¿Tenés este tipo de pensamientos? Es un diálogo muy malo para vos porque te genera emociones destructivas y carcome tu autoestima. En tu imaginación, proyectás constantemente una película protagonizada por vos mismo, que nunca tiene un final feliz.

Así como usamos la autoobservación para detectar los pensamientos negativos del diálogo interior y los neutralizamos, para desactivar la película negativa -que es mucho más poderosa que el diálogo porque las escenas ficticias 'convencen' al inconsciente sobre lo que muestran- se emplea otra herramienta: la Contemplación.

Practicá esa técnica con las indicaciones del texto 'Contemplación: reescribí tu guion mental' y dale a tu película el final feliz con el que siempre soñaste.