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Cuando encarás un proyecto, necesitás saber con qué contás, cuáles son los recursos que aún te faltan, si estás bien encaminado o si te distrajiste con una tarea secundaria y necesitás volver a concentrarte en tu verdadero propósito. En el Método epep tenemos una fórmula que te va a servir para evaluar si estás enfocado en tu objetivo y a reconocer si tus habilidades, tus capacidades, tu actitud y tu foco de atención están en sintonía con el propósito o si, por el contrario, debés trabajar en alguno de esos factores para no alejarte de lo que deseás.

 

Esta es la Fórmula de Meta: M = (C + H) x A x F

 

Pero antes de explicarte cómo se aplica, hablemos de los términos que involucra la fórmula.

 

M: es la meta. El valor númerico que le vas a asignar cuando hagas el cálculo con la fórmula va a indicar las posibilidades reales que tenés de alcanzar tu meta en función de los otros factores involucrados.

 

C: son tus capacidades, el conjunto de saberes que tenés de una materia o ciencia concreta. Esos conocimientos son extremadamente necesarios para que logres tu propósito. No solo los que tengas previamente, sino los que adquieras o profundices durante el proceso para hacer realidad tu deseo. Tus capacidades y conocimientos te permiten planificar las misiones y, por supuesto, cumplirlas. Cuando trazás un plan de acción y tomás decisiones, esos conocimientos se combinan con tus habilidades básicas, que son los distintos tipos de inteligencia que predominan en vos.

 

H: son las habilidades, los tipos de inteligencia que intervienen en la tarea que estás desarrollando. Para obtener una meta y sustentarla en el tiempo necesitás contar con capacidades y habilidades (conocimientos + inteligencia). Todos tenemos habilidades relacionadas con las inteligencias múltiples que posemos. Según el psicólogo estadounidense Howard Gardner, hay ocho tipos de inteligencia: lógico-matemática, lingüística, musical, cinético-corporal, espacial, naturalista, interpersonal e intrapersonal. A comienzos del siglo XX se desarrollaron los primeros tests de inteligencia para medir el nivel intelectual de las personas. Esos exámenes, con algunos cambios, se siguen usando, aunque tienen una limitación importante: solo evalúan las habilidades lingüísticas y las lógico-matemáticas. Sin embargo, a diario enfrentamos desafíos y tomamos decisiones que no tienen que ver únicamente con las inteligencias lingüística y lógico-matemática.

 

Gardner define a la inteligencia como la habilidad para resolver problemas, pero no solo de manera abstracta y desconectada de la realidad, sino en un contexto. Ese contexto son el mundo físico y las relaciones con otras personas y con nosotros mismos. Por eso sostiene que las inteligencias son múltiples. Todas estas habilidades intervienen para resolver problemas y alcanzar las metas deseadas, según la clase de desafío que te plantees, y pueden combinarse con otras. Las inteligencias interpersonal e intrapersonal, por ejemplo, se suman en todos los asuntos para los que necesites aplicar la inteligencia emocional, como colaborar, generar equipos, liderar y alcanzar las metas. Cuando analices tus habilidades, tené en cuenta la inteligencia intrapersonal y la interpersonal, especialmente, si tu meta depende de una cooperación de otras personas. (En el texto 'Los tipos de inteligencia que tenés' vas a encontrar más información sobre este tema).

 

A: es tu actitud. Es el foco emocional (lo que trabajaste con el ejercicio Imaginación Creativa epep) y es clave. La actitud -o foco emocional- es determinante, porque para avanzar en las misiones y llegar a la meta necesitás tomar decisiones de forma continua y la mayoría de las decisiones están condicionadas por tus emociones. Tu actitud es tan importante que puede alterar al máximo tus capacidades y tus habilidades para cumplir tus deseos. Incluso puede anularlas y volverlas inútiles. Hay actitudes negativas (pesimista, reactiva, interesada, agresiva y manipuladora) y actitudes positivas (asertiva, proactiva e colaboradora o integradora), pero como nosotros mismos las generamos, también podemos cambiarlas y trabajar para tener una actitud positiva ante los desafíos y en relación con los demás (te contamos más sobre este tema en el texto 'Eliminá las actitudes negativas').

 

F: es el foco de atención. Es decir, el propósito que enunciaste con una frase, lo que querés alcanzar. Estás trabajando sobre tu foco de atención desde el inicio del entrenamiento. Si tu atención se dispersara y al tomar decisiones perdieras de vista cuál era tu propósito, también multiplicarías la suma de tus capacidades y habilidades por una cifra inferior a uno, lo que las reduciría en proporción al desvío de tu atención.

 

¿Cómo usar la Fórmula de Meta?

 

El valor de las capacidades (C) y las habilidades (H) oscila entre entre 0% y 50% cada una, porque sumadas forman tu repertorio completo de conocimientos y estos nunca pueden superar el 100%. Por ejemplo, si tus habilidades para alcanzar la meta fueran las máximas para la tarea que estás encarando, en la fórmula equivaldrían a un 50% que se sumaría al porcentaje de las capacidades.

 

El valor de la actitud (A) y del foco de atención (F) es de entre cero y uno. Es decir, puede ser un cero con decimales, hasta llegar a uno. De acuerdo con la fórmula, la actitud y el foco de atención multiplican la suma de las capacidades y las habilidades. Tal vez entre estas dos últimas alcanzaste el 100%, que son los máximos conocimientos posibles para lograr la meta, pero si tu actitud vale menos que uno, al multiplicar el número por ese porcentaje te dará un número menor al 100%. En definitiva, una actitud contraria a la meta podría impedirte llegar a ella. Aunque estuvieras en el 100% de tus capacidades y habilidades, si las multiplicaras por una actitud o un foco de atención que equivale a cero, el resultado sería cero posibilidades de alcanzar la meta.

 

Cada uno de los factores es importante y necesario, pero no alcanza con que desarrolles tus habilidades o aumentes tus capacidades si tu actitud falla o si perdés de vista tu propósito.

 

Antes de tomar una decisión, por mínima que sea, es conveniente que te preguntes:

 

¿Esta decisión se ajusta a mi meta? ¿Esta decisión coincide con mi foco de atención? ¿Estoy enfocado en mi propósito?

 

Para priorizar las tareas necesarias y tomar las decisiones adecuadas, tu actitud o foco emocional -del que dependen tus elecciones-, y tu foco de atención deben estar alineados con la meta. Esa es la clave de tu éxito.